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NOSOTROS, los habitantes de la Parte Española
de la Isla de Santo Domingo, manifestamos por medio de la presente
Acta de Independencia, ante Dios, el mundo entero, y el Trono de
España, los justos y leales motivos que nos han obligado a tomar
las armas para restaurar la República Dominicana y reconquistar
nuestra Libertad. El primero, el mismo precioso de los derechos con
que el hombre fue favorecido por el Supremo Hacedor del Universo,
justificando así nuestra conducta arreglada y nuestro
indispensable obrar; toda vez que otros medios suaves y
persuasivos, uno de ellos muy elocuente, nuestro descontento
empleado oportunamente, no han sido bastantes para persuadir al
Trono de Castilla, de que nuestra anexión a la Corona no fue obra
de nuestra espontánea voluntad, sino el querer fementido del
General Santana y de sus secuaces, quienes en la desesperación de
su indefectible caída del poder, tomaron el partido de entregar La
República, obra de grandes y cruentos sacrificios, bajo el
pretexto de anexión al Poder de España, permitiendo que
descendiese el pabellón cruzado, enarbolado por el mismo General
Santana, a costa de la sangre del Pueblo Dominicano con mil
patíbulos de triste recordación.
Por magnánimas que hayan sido las intenciones
y acogida de S. M. Doña Isabel (Q. D. G.), respecto del Pueblo
Dominicano, al atravesar el Atlántico y al ser ejecutadas por sus
mandatarios subalternos, ellas se han transformado en medidas
bárbaras y tiránicas, que este pueblo no ha podido ni debido
sufrir. Para así probarlo, hasta decir que hemos sido mandados por
un Buceta y un Campillo, cuyos hechos son bien notorios
La anexión de la Republica Dominicana a la
Corona de España ha sido la voluntad de un solo hombre que la ha
domeñado; nuestros mis sagrados derechos, conquistados con 18 años
de inmensos sacrificios, han sido traicionados y vendidos; el
Gabinete de la Nación Española ha sido engañado, y engañados
también muchos de los dominicanos de Valía e influencia, con
promesas que no han sido cumplidas, con ofertas luego desmentidas.
Pronunciamientos, manifestaciones de los pueblos arrancadas por la
coacción, ora moral, ora física de nuestro opresor y los esbirros
que le rodeaban, remitidas al Gobierno Español, le hicieron creer
falsamente nuestra espontaneidad para anexarnos; empero, muy en
breve, convencidos los pueblos del engaño y perfidia, levantaron
su cabeza y principiaron a hacer esfuerzos gloriosos, aunque por
desgracia inútiles al volver de la sorpresa que les produjera tan
monstruoso hecho, para recobrar su Independencia perdida, su
libertad anonadada-. Díganlo si no, las víctimas de Moca, San
Juan, Las Matas, El Cercado, Santiago, Guayubín, Monte Cristi,
Sabaneta y Puerto Plata.
¿Y cómo ha ejercido la España el dominio que
indebidamente adquirió sobre unos pueblos libres?
La opresión de todo género, las restricciones
y la exacción de contribuciones desconocidas e inmerecidas, fueron
muy luego puestas en ejercicio.
¿Ha observado por ventura para con un pueblo
que se le había sometido, aunque de mal grado, las leyes de los
países cultos y civilizados, guardando y respetando cual debía,
las conveniencias, las costumbres, el carácter y los derechos
naturales de todo hombre de sociedad?
Lejos de eso: los hábitos de un pueblo libre
por muchos años han sido contrariados impolíticamente, no con
aquella luz vivificadora y que ilustra, sino con un fuego quemante
y de exterminio. -Escarnio, desprecio, marcada arrogancia,
persecuciones y patíbulos inmerecidos y escandalosos, son los
tinicos resultados que hemos obtenido, cual corderos de los
subalternos del Trono Español, a cuyas manos se confiara nuestra
suerte.
El incendio, la devastación de nuestras
poblaciones, las esposas sin sus esposos, los hijos sin sus
padres, la pérdida de todos nuestros intereses, y la miseria en
fin; he aquí los gajes que hemos obtenido de nuestra forzada y
falaz anexión al Trono Español-. Todo lo hemos perdido; pero nos
queda nuestra Independencia y Libertad, por los cuales estamos
dispuestos a derramar nuestra última gota de sangre.
Si el Gobierno de España es político; si
consulta sus intereses y también los nuestros, debe persuadirse de
que a un pueblo que por largo tiempo ha gustado y gozado la
libertad, no es posible sojuzgárselo sin el exterminio del último
de sus hombres. De ello debe persuadirse la Augusta Soberana Doña
Isabel II, cuya hermosa alma conocemos, y cuyos filantrópicos
sentimientos confesamos y respetamos; pero S.M. ha sido engañada
por la perfidia del que fue nuestro Presidente, el General y la de
sus Ministros; y lo que ha tenido un origen vicioso, no puede ser
válido por el transcurso del tiempo.
He aquí las razones legales y los muy justos
motivos que nos han obligado a tomar las armas y a defendernos,
como lo haremos siempre, de la dominación que nos oprime, y que
viola nuestros sacrosantos derechos, así como de leyes opresoras
que no han debido imponérsenos. El mundo conocerá nuestra justicia,
y fallará. El Gobierno Español deberá conocerla también,
respetarla y obrar en consecuencia.
Santiago de los Caballeros, Septiembre 14 de
1863, los habitantes de la Parte Española de la Isla de Santo
Domingo, manifestamos por medio de la presente Acta de
Independencia, ante Dios, el mundo entero, y el Trono de España,
los justos y leales motivos que nos han obligado a tomar las armas
para restaurar la República Dominicana y reconquistar nuestra
Libertad. El primero, el mis precioso de los derechos con que el
hombre fue favorecido por el Supremo Hacedor del Universo,
justificando así nuestra conducta arreglada y nuestro
indispensable obrar, toda vez que otros medios suaves y
persuasivos, uno de ellos muy elocuente, nuestro descontento
empleado oportunamente, no han sido bastantes para persuadir al
Trono de Castilla, de que nuestra anexión a la Corona no fue obra
de nuestra espontánea voluntad, sino el querer fementido del
General Santana y de sus secuaces, quienes en la desesperación de
su indefectible caída del poder, tomaron el partido de entregar La
República, obra de grandes y cruentos sacrificios, bajo el
pretexto de anexión al Poder de España, permitiendo que
descendiese el pabellón cruzado, enarbolado por el mismo General
Santana, a costa de la sangre del Pueblo Dominicano con mil
patíbulos de triste recordación.
Por magnánimas que hayan sido las intenciones
y acogida de S. M. Doña Isabel (Q. D. G.), respecto del Pueblo
Dominicano, al atravesar el Atlántico y al ser ejecutadas por sus
mandatarios subalternos, ellas se han transformado en medidas
bárbaras y tiránicas, que este pueblo no ha podido ni debido
sufrir. Para así probarlo, hasta decir que hemos sido mandados por
un Buceta y un Campillo, cuyos hechos son bien notorios.
La anexión de la Republica Dominicana a la
Corona de España ha sido la voluntad de un solo hombre que la ha
domeñado; nuestros mis sagrados derechos, conquistados con 18 años
de inmensos sacrificios, han sido traicionados y vendidos; el
Gabinete de la Nación Española ha sido engañado, y engañados
también muchos de los dominicanos de Valía e influencia, con
promesas que no han sido cumplidas, con ofertas luego desmentidas.
Pronunciamientos, manifestaciones de los pueblos arrancadas por la
coacción, ora moral, ora física de nuestro opresor y los esbirros
que le rodeaban, remitidas al Gobierno Español, le hicieron creer
falsamente nuestra espontaneidad para anexarnos; empero, muy en
breve, convencidos los pueblos del engaño y perfidia, levantaron
su cabeza y principiaron a hacer esfuerzos gloriosos, aunque por
desgracia inútiles al volver de la sorpresa que les produjera tan
monstruoso hecho, para recobrar su Independencia perdida, su
libertad anonadada-. Díganlo si no, las víctimas de Moca, San
Juan, Las Matas, El Cercado, Santiago, Guayubín, Monte Cristi,
Sabaneta y Puerto Plata.
El mundo conocerá nuestra justicia, y fallará.
El Gobierno Español deberá conocerla también, respetarla y obrar
en consecuencia.
Santiago de los Caballeros, Septiembre 14 de
1863. |
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