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Los taínos
pensaban que al morirse emprenderían un largo viaje, para unirse
en un valle con sus antepasados. Eran enterrados con alimentos y
bebidas “que consumirían durante el trayecto”; y con artefactos
que pensaban utilizar en su vida en el más allá.
Los taínos creían
en dioses y espíritus protectores que llamaban cemíes, los que
representaban en forma de figuras hechas de madera, barro, hueso,
concha, raíces tuberosas, piedra y tejidos.
Las piedras de
tres puntas talladas que representaban a cemíes, eran denominadas
trigonolitos. Se les enterraba en los sembrados “para la
obtención de buenas cosechas”, “para que la lluvia y el sol
aparecieran cuando mejor conviniera a la agricultura” y “para que
las mujeres parieran sin dolor”.
En las ceremonias
religiosas y fiestas los caciques se sentaban en asientos de
madera o de piedra llamados dúhos.
La principal
ceremonia religiosa era el rito de la cohoba. El cacique,
mediante inhaladores, absorbía por la nariz un polvo alucinógeno,
con el fin de “establecer comunicaciones con los cemíes”.
La sustancia
emplead era extraída de las semillas de la planta. |